BOLETÍN
ARTICULACIÓN CIUDADANA LA REINA

Educación no sexista en la nueva Constitución.

Por Fanny Acevedo Vásquez.
Docente, politóloga. Magíster en Ciudadanía y Derechos Humanos.
Articulación Ciudadana La Reina.

 

 

 

 

La nueva propuesta de la Constitución, la primera y única Constitución paritaria a nivel mundial, es un reflejo de muchos de los anhelos y reivindicaciones de las feministas.

 

 

Desde los orígenes del movimiento feminista, que surge durante el siglo XVIII al amparo de los valores de la Ilustración, la vindicación por el derecho a la educación no sexista ha sido con convicción y sin duda uno de los objetivos más importantes del movimiento.

 

La tenacidad de las primeras feministas, luego de las sufragistas y las olas feministas posteriores, se sostiene sobre la idea de que la negación de la educación para las mujeres o la educación diferenciada por sexos ha sido una de las estrategias de dominio más importante que ha utilizado el patriarcado para mantener la condición de dominio sobre el mundo y de subordinación de las mujeres.

 

Las primeras feministas del siglo XVIII, como la inglesa Mary Wollstonecraft o la francesa Olympe De Gouges, debieron defenderse de la idea predominante de que las mujeres no poseían la capacidad racional que sí tenían los hombres. De ahí que desde el Renacimiento y hasta el siglo XIX e incluso ya comenzado el siglo XX, se debió luchar contra la idea de que las mujeres no necesitaban formación (en ciencias, literatura, filosofía, matemáticas, por ejemplo), y que, si bien en algunos casos era bueno que aprendieran a leer, les estaba prohibido escribir y por tanto crear una obra propia.

 

El patriarcado como sistema de dominio primigenio funciona cooptando todos los medios de poder en manos masculinas, entre esos uno de los más importantes es la apropiación masculina de la razón. De ahí que la negación de las capacidades intelectuales de las mujeres llevó a la construcción de un sistema educativo “apropiado” para cada sexo, que construye estereotipos y roles sociales muy definidos. Así, mientras los hombres eran educados para potenciar y ensalzar su racionalidad y la búsqueda de la libertad en el ámbito público, se construyó paralelamente una educación cuyo proceso pedagógico le da poca estima y aprecio al despliegue de las facultades intelectuales de las mujeres, limitando su esfera de acción al matrimonio y las labores domésticas y de cuidado, relegándolas así a la dependencia permanente del marido.

 

Así mismo, como parte de la misma estrategia patriarcal se establece una jerarquía de “saberes”. Si sólo los hombres poseen “razón”, en un mundo patriarcal ese saber racional, propiamente masculino será el que se imponga por sobre otros saberes o formas de acercarse al conocimiento y al mundo. Y ese será otro baluarte que ha acompañado en forma insistente la vindicación feminista: la restitución de los saberes femeninos, de otras formas de acercarse al mundo y a la naturaleza, no mediados por la institucionalidad que históricamente ha excluido a las mujeres.

 

El feminismo radical que surgió en la década de los 60 es fruto de las primeras generaciones de mujeres que, después de siglos de lucha, pudieron acceder a la universidad. Se dedicaron a estudiar filosofía, literatura, historia, antropología, biología, economía, derecho, psicología, es decir, todas aquellas áreas de estudio que habían levantado un discurso “científico” sobre la naturaleza desigual y complementaria de las mujeres y sobre el cual se sostenía todo el sistema patriarcal. Comenzaron así a construir categorías y estructuras de análisis para pensar, criticar y destruir el patriarcado y con él la condición de dominación de las mujeres. Así también se comenzó a revalorizar el saber práctico, de la vida de las mujeres: el cuidado de la casa, del mundo, la conexión con la tierra y la vida.

 

Es precisamente por esto que la nueva propuesta de la Constitución, la primera y única Constitución paritaria a nivel mundial, es un reflejo de muchos de los anhelos y reivindicaciones de las feministas desde hace siglos. En el capítulo II. Derechos Fundamentales y garantías, los artículos 35 y 36 son cruciales para comprender la lucha feminista. La propuesta de una educación no sexista aparece claramente en el texto constitucional, pues incluye la pertinencia territorial, cultural y lingüística, cuyo fin debe orientarse hacia el bien común, la justicia social, los derechos humanos y de la naturaleza, la conciencia ecológica, la prevención de la violencia y la discriminación. Pero además, en la misma línea reivindicativa, reconoce las distintas formas de acercarse al conocimiento, promoviendo y valorando la diversidad de saberes.

 

Que estos factores sean decisivos en la nueva propuesta educativa de la Constitución se debe al legado de muchas mujeres que lucharon en nuestro país y en el mundo, que fueron derribando mitos, construyendo conocimiento, poniéndolo al servicio de la causa. Ya desde la década de los noventa en nuestro país, algunas universidades comenzaron a crear sus Centros de Género, o programas de Estudios de género, cuyas académicas formaron a las nuevas generaciones de mujeres, de otras académicas, de activistas, de mujeres transformadoras que hoy han sido parte de este proceso.

 

En ese sentido, en el Encuentro Feminista Antirracista realizado el pasado 28 de julio en la Universidad de Chile, donde asistieron la Rectora de dicha casa de estudios Rosa Devés y la Vicepresidenta de Colombia Francia Márquez, plantearon los desafíos a los que obliga este proceso de transformación: el fortalecimiento de la educación pública y la educación no sexista es un llamado a las mujeres a educarse, pero no para repetir la lógica de competencia, jerarquía y dominio patriarcal. “Se debe educar a las nuevas generaciones de mujeres para hacer algo distinto, crear nuevas formas de hacer academia, crear conocimiento para nuevas formas de convivir”, dijo Devés. Y en esa misma línea Márquez planteó la necesidad de poner las sedes del conocimiento al servicio de “las justicias”, es decir, del arduo camino de las universidades que “deben abrirse para asumir el desafío de la crisis ambiental de la casa grande, del útero mayor, de la madre tierra”, lo que implica poner a la academia, la ciencia, la investigación y la tecnología al servicio de la vida. Es decir, todo aquello que es planteado en el Artículo 35, inciso 3 de la nueva Constitución.

 

Un nuevo Chile que se piensa por y para todos, todas y todes.