BOLETÍN
ARTICULACIÓN CIUDADANA LA REINA

 

Otro cuento de Navidad. El Monstruo

Por Ramiro Mariño, Articulación Ciudadana.

 

 

Centro Costanera

I - Caminando, siguiendo la corriente del río, ese cauce casi sin vida animada de una muchedumbre que se dirige en orden, obedientemente, en una fila, sin improvisación, caminando derecho hacia el túnel al que se llegará tomando esa escalera mecánica inevitable, que nos subirá al tubo que terminará en las puertas del gran monstruo.

¿Quiénes son? Somos todos y todas, todas aquellas personas que hoy componemos esta sociedad chilena, foránea, la humanidad entera, esta sociedad chilena anonadada, sumisa y entregada ante el monstruo.

Vamos más bien cabizbajos, muchos ya marcados en sus cuerpos, sus identificaciones los delatan ante sus congéneres, aunque en esa multitud de inscripciones sobre la piel, en las piernas, en el torso, en los brazos, en el cuello, en la cara, esas marcas todas parecen una, cada cual la sentirá cómo su individualidad y cada individuo será casi idéntico a su vecino, todos nos veremos iguales.

El río de gente marcada, cabeza gacha, sumisa, continúa por la escalera, por el túnel lentamente hasta la puerta, las enormes puertas que se abren varias, muchas a la vez, clamando en voz alta, bienvenidos a mí.

 

II - Tan pronto se traspasa el límite, aunque el límite ya está definido pues el camino trazado parecía no tener escapatoria desde un centenar de metros atrás, pero en ese límite una carga de aire diferente arremete para que se entienda claramente que ya estamos dentro del monstruo, que aquí estamos en las entrañas, en el vientre de la fuerza del poder, aquí se respira el aire fresco de sus vísceras y ya no habrá escapatoria posible.

A ambos lados de la entrada se emplazan unos seres de fuerza, seres de violencia, seres de muerte, seres vestidos con trajes negros gruesos con lonas antibalas, antitanques, antimisiles, desplegando su capacidad de ataque, cubiertos de bolsillos conteniendo todos los elementos para la  represión, también les cuelgan fierros, matracas, cadenas, esposas, para doblegar, para someter a cualquier persona que ahora pretenda arrepentirse y dar  marcha atrás; en sus caras sólo el reflejo azuloso de los lentes que cubren su identidad impide saber si nos miran ojos o si sólo hay fuego tras ellos. Imposible regresar, no hay vuelta atrás, aquí estamos, aquí terminaremos.

 

III – Las rejas metálicas protegen el vacío de la entraña. Nos están indicando que no podremos suicidarnos, que no dejarán un espacio para que esa solución rápida y fácil pueda producirse. Que deberemos sufrirlo, pagando en tantas cuotas como sea posible, repactando su duración cuantas veces sea necesario para que se sienta el dolor del deseo inalcanzable.

Estas protecciones que impiden saltar a ese gran vacío que acabaría la pesadilla, es transparente para dejar ver la magnitud del vientre, del sistema, y hacia arriba la aguja que marca la grandeza del poder.

Sólo podremos deambular por los costados de la entraña, que segrega esa mucosidad que nos atrapa con sus ácidos incitantes a la compra, expulsando luces, figuras, sonidos, excitaciones estimulantes al deseo de la compra, y termina por dominar cualquier asomo de resistencia o si quedara aún, voluntad de oponerse al consumo omnipresente.